
Llevo un mes y medio trabajando en Buenos Aires.
El trabajo es sólo una parte de la vida, y con suerte una parte bien acotada.
Por suerte, tuve tiempo de invitar a un par de reuniones, que llamamos vermuts, no tanto por tomar aperitivos (también hubo cervezas, vinos, mates o cafés, agua y otras bebidas sin alcohol), sino por el horario, el atardecer, y casi siempre de terraza (o balcón) con personas queridas y admirables (no voy a etiquetar).
Hubo un vermut literario (o taller horizontal) con colegas escritorxs (y talleristas) donde nos juntamos a compartir textos en proceso, inacabados, a prueba.
Hubo un vermut de tesistas, con compañerxs de la maestría. Desde el año pasado quería armar un espacio de encuentro (lo había hecho virtual) para personas en situación de tesis (un colectivo medio tácito): lo llamaba «Té de tesistas», pero el calor de la siesta y las obligaciones no lo hacían posible –¿y para qué quedar pegado a un juego de palabras?– así que pasó para la tardecita.
Y otros vermuts (devenidos en cenas) fueron simplemente para juntarse a brindar, picotear y conversar con personas amigas de diferentes círculos, no todas conocidas entre sí, para propiciar cruces, desarmar roles, mezclar las charlas.
Algo que comparten estas juntadas deliciosas, de bajo costo, en espacios domésticos, es que (sin prohibir el uso de celulares) nadie sacó fotos ni publicó nada; no hubo público ni etiquetas (acaso, ir al baño para mirar el teléfono).
En las semanas que me quedan en la ciudad espero ir por otra ronda de todo eso.
Mientras tanto también me preparo con lecturas y propuestas para los talleres de escritura que voy a estar dando a partir de abril en Poesía Ambiente @poesia_ambiente de regreso en el valle (posiblemente haya un encuentro abierto y gratuito a fines de marzo).